Déjà vu (en francés “ya visto”) define la experiencia de sentir que algo ya se ha experimentado previamente en el pasado.
Cuando en el año 2003 publiqué mi novela “Kristina. La flor de Noruega”, que presenté en la villa de Covarrubias, no sabía que estaba inaugurando una saga interminable, cuyo más reciente capítulo lo ha añadido Espido Freire con su último libro “La flor del norte”.
Curiosa resulta la casi total coincidencia que existe entre los títulos “La flor de Noruega” y “La flor del norte”, más llamativa aún si consideramos que ambas novelas tienen como protagonista al mismo personaje: la princesa Kristina de Noruega.
Antes de 2003, la princesa Kristina era una perfecta desconocida, literariamente hablando, pero ahora nos encontramos en las librerías hasta cuatro o cinco títulos dedicados a ella, escritos muy recientemente por autores desconocidos o muy conocidos, como es el caso de Espido Freire, sin que a un servidor se le ocurra qué motivo puede llevar a una autora destacada a echar mano de un asunto que no sólo es ya de segunda mano, sino que empieza a estar demasiado manoseado.
Ante esto, uno no puede sino sentir que se encuentra ante un “dejà vu”.
Déjà vu (en francés “ya visto”) define la experiencia de sentir que algo ya se ha experimentado previamente en el pasado.
Cuando en el año 2003 publiqué mi novela “Kristina. La flor de Noruega”, que presenté en la villa de Covarrubias, no sabía que estaba inaugurando una saga interminable, cuyo más reciente capítulo lo ha añadido Espido Freire con su último libro “La flor del norte”.
Curiosa resulta la casi total coincidencia que existe entre los títulos “La flor de Noruega” y “La flor del norte”, más llamativa aún si consideramos que ambas novelas tienen como protagonista al mismo personaje: la princesa Kristina de Noruega.
Antes de 2003, la princesa Kristina era una perfecta desconocida, literariamente hablando, pero ahora nos encontramos en las librerías hasta cuatro o cinco títulos dedicados a ella, escritos muy recientemente por autores desconocidos o muy conocidos, como es el caso de Espido Freire, sin que a un servidor se le ocurra qué motivo puede llevar a una autora destacada a echar mano de un asunto que no sólo es ya de segunda mano, sino que empieza a estar demasiado manoseado.
Ante esto, uno no puede sino sentir que se encuentra ante un “dejà vu”.